Bienvenidos al blog de la Cátedra de Antropología Filosófica.

OFICINA: Aula 106, Facultad de Filosofía y Letras, Benjamín Aráoz 800, San Miguel de Tucumán

CUERPO DOCENTE:
- Prof. Adjunto: Dr. Raúl Nader (raulnader@hotmail.com)
- Prof. Adjunta: Lic. Cristina Bosso (cbossop@gmail.com)

HORARIOS DE CLASES:
Martes: 17 a 18,30hs - Sala de Consejo
Jueves: 1,30 a 19hs - Sala de Consejo

Horarios de consulta:
Dr. Nader: lunes y jueves 10 a 12hs
Prof. Bosso: miércoles 9 a 11,30hs

CURSOS QUE SE DICTAN:

Año 2011:
- Materia de grado: Antropología Filosofica.
Materia regular de la carrera de Filosofía con examen final. Clases teórico-prácticas.
Requisitos para regularizarla: asistencia al 75% de las clases y aprobar dos trabajos parciales.

- Curso de posgrado: Pensar el el Siglo XXI. Algunas claves desde la filosofía actual.
Dra. Cristina Bulacio - Lic. Cristina Bosso
31 de marzo, 1 y 2 de abril. Centro Cultural Virla

Curso de posgrado: El hombre y lo sagrado. Lo clásico y lo actual.
Dr. Raúl Nader- Dr. Rafael Krasnogor
6, 13,20 y27 de mayo.
Casa del estudiante, Gral Paz 876 - aula 8.

- Curso de posgrado: Borges y los juegos metafísicos.
Dra. Bulacio. Fecha a confirmar

Año 2010:
- Materia de grado: Antropología Filosofica.

- Curso de posgrado: Mito y Psicoanálisis
Dr. Raúl Nader- Dr. Rafael Krasnogor
5, 7, 21,22 de mayo de 2010

Año 2009:
- Materia de grado: Antropología Filosofica.

- Curso de posgrado: Pensar en el siglo XXI. Sus raíces en Nietzsche y Heidegger.
Dra. Cristina Bulacio y Lic. Cristina Bosso.
1° Cuatrimestre

- Curso de posgrado: Mito y Psicoanálisis.
Dr. Nader y Dr. Krasnogor
2° cuatrimestre

Año 2008:
- Materia de grado: Antropología Filosofica
.(Carrera de Filosofía).

- Materias optativas:
- Heidegger : Luces y sombras de un pensador del Siglo XX.
- El pensamiento de Hannah Arendt

Año 2007:
-Materia de grado: Antropología Filosofica
.(Carrera de Filosofía)

-Materia de grado: Temas de Antropología Filosófica para Psicología. (Carrera de Psicología).

A Roberto Rojo In Memoriam

(Cristina Bosso)

He tenido la suerte de estar muy cerca del Prof. Rojo; él ha sido el centro de un círculo que comenzó siendo de colegas para terminar siendo de amigos, con los cuales hemos compartido un espacio de discusión filosófica, de ideas, de proyectos, de sueños en común, de consensos y de disensos.
El perfil que le impuso al grupo desde sus orígenes da cuenta de su particular manera de ser. Cansado de trámites y burocracia académica, pero ansioso siempre de encontrar espacios para la discusión de ideas, en 1999 nos invitó a leer y discutir la obra de Wittgenstein como una actividad libre, fuera de todo marco institucional, sin esperar ningún tipo de reconocimiento académico ni económico por las horas dedicadas a este trabajo. Vislumbramos que se nos ofrecía la invalorable oportunidad de compartir con él el resultado de sus interminables horas de estudio, su claridad para transmitir sus ideas y la profundidad de sus preguntas. Con una generosidad sin límites nos abrió las puertas de su casa, de su biblioteca, de su conocimiento, de manera absolutamente desinteresada. Creo que nadie imaginó en ese momento que este proyecto sin financiamiento ni obligación de rendir cuentas de las actividades se prolongaría a lo largo de 11 años de ininterrumpidas reuniones semanales y fructificaría en la organización de jornadas, cursos y publicaciones, en los que creo que de algún modo pretendimos compartir el espíritu del grupo.
Escudriñando siempre los recovecos del lenguaje, comprendimos como el poder de la palabra nos configura. Allí estuvo para nosotros la palabra del profesor Rojo, para marcarnos un camino. Siempre exigente, consigo mismo y con los demás; los que lo que han estado cerca suyo saben de qué estoy hablando; no era fácil de conformar. El rigor en el pensar, la precisión, la claridad, eran para él requisitos indispensables para hacer filosofía,. Y así lo hacía saber. Allí estaba su pregunta certera para marcarnos el nudo de los asuntos que tocábamos, para llevarnos hasta el fondo de la cuestión, para disparar interminables discusiones en las que afinabamos nuestras ideas, siempre con una poesía a flor de labios para engalanar el debate. Creo que la fuerza de su palabra marcó a varias generaciones.
Sin embargo, después de Wittgenstein, sabemos hay un ámbito en el que no importa lo que se dice sino lo que se muestra. Y es allí donde se manifiesta con mayor intensidad el legado que nos dejó el profesor. El nos mostró con su conducta un modelo a seguir: el rigor para el trabajo, el respeto hacia todas las personas, la tolerancia con quienes piensan diferente, la honestidad intelectual. Nos enseñó a escuchar con atención, a discrepar con las ideas, no con las personas, a no caer en el anquilosamiento de las ideas dogmáticas. En su manera de actuar reveló siempre la modestia y la generosidad de los grandes espíritus. Su trato cordial y respetuoso, su caballerosidad son reconocidos por cuantos lo trataron.
Aunque no me convencen las propuestas dualistas y me gusta pensar en el ser humano como una unidad, creo, sin embargo, que en su caso el tiempo había pasado de manera diferente para su cuerpo y para su mente. Hasta el final de sus días, disminuido en lo corporal por una enfermedad de la que evitaba quejarse, su espíritu se mantenía joven, abierto siempre a múltiples intereses y a nuevas ideas, entusiasmado por todo lo que ocurría a su alrededor, infatigable para apoyar todos nuestros proyectos. Y es que Rojo fue un auténtico maestro; amaba lo que hacía y lo hacía con un auténtico espíritu de entrega; no se limitó a enseñar filosofía, lo cual no sería poco, sino que nos alentó a tener ideas propias, a pensar por nosotros mismos.
Asumió siempre con dignidad los avatares que la vida le deparó: la proscripción en la Universidad en tiempos del proceso, su severa enfermedad y finalmente la muerte, en palabras suyas “el acontecimiento más decisivo, más radical y más abarcador”, cuya cercanía había asumido con serena lucidez.
El prof. Rojo amaba la vida, por eso nos costó tanto aceptar que la dejara; y la disfrutaba de todos sus aspectos: no sólo se apasionaba por la discusión de ideas y el placer de la lectura; sensible al arte; trabajador incansable, curioso e inquieto, le gustaban los viajes, la charla compartida en un café; siempre atento para celebrar nuestros pequeños logros con una salida para tomar un vinito o una cerveza, dispuesto a seguirnos a todos lados. Cultor de la razón, no por ello descuidaba los afectos. Había hecho muchas cosas, pero tenía ganas de seguir haciendo tantas… Hasta último momento, cuando ya estaba internado, seguía con el libro de Wittgenstein en las manos, dando instrucciones a todo el mundo para que lo lleven a su casa a seguir trabajando, haciendo planes para ir a ver una ópera apenas se repusiera; así era él, nada podía detenerlo cuando se empeñaba en algo.
Sin lugar a dudas la filosofía fue su gran pasión, que contagiaba a cuantos se acercaban a él. Por eso quiero terminar citando las palabras con las que comienza su tesis doctoral: “¿Para qué esta aventura? ¿Tiene algún sentido hablar de sueños y fantasías en un mundo azorando y complejo como el nuestro, tumba de muchas queridas ilusiones? ¿Necesitamos acaso justificar nuestra tarea intelectual?¿Es lícito tejer arabescos imaginarios, inventar ingeniosos acertijos cuando gran parte del mundo sufre el baldón de la injusticia, la opresión de la miseria lacerante? La respuesta a estos interrogantes parte de la certeza a cerca del poder de las ideas, de la eficacia del saber, porque toda gran transformación del mundo brota del hontanar de las ideas. ”

A Genie Valentié

A Genie Valentié
In memoriam
Por Cristina Bulacio

María Eugenia Valentié –que murió hace unos días- fue mi Maestra. Entonces me pregunté cuál fue el legado de Genie en nuestra larga amistad; cuál el mensaje sugerido, secreto, de todo maestro a su discípulo, de toda amiga a su amiga. Y pensé que, en una relación entrañable, siempre hay algo no dicho que permanece silencioso sin llegar al nivel de la palabra y, sin dejar de ser palabra, es más profundo que ella: convicciones, creencias, capacidad de dar. Una mixtura de pensamiento y afectividad, de principios éticos y de natural inteligencia. Estudiábamos los grandes metafísicos, sin embargo, lo que recibí como una impronta, fueron dos pasiones vividas intensamente por ella y de las que pocas veces habló: su pasión por la verdad y su pasión por la libertad
Nos instó a ser libres, sin decirlo, siéndolo ella. Nos enseño a buscar la verdad sin sentirse nunca su dueña; nos dejó ser. Aún cuando muchos de nosotros nos fuimos, Genie permanecía allí y, al volver, la encontrábamos como la habíamos dejado, lúcida, amigable, comprensiva, implacable argumentadora. Su amor a la verdad, que su vocación filosófica revela, tanto como el ejercicio de la libertad, fueron el sello perenne de su personalidad.

Los libros y la noche

A propósito de Jorge Luis Borges
Por Cristina Bulacio

Cuenta la leyenda que los elegidos de los dioses reciben, junto a los dones, oscuros designios del destino. Y Borges no fue la excepción. Vivió una profunda contradicción: lector infatigable, reconocido escritor y, al mismo tiempo, ciego. Amaba los libros, leía en varias lenguas, tradujo a los 9 años a Oscar Wilde, se crió en una biblioteca total, eligió la escritura como oficio. Felizmente, poseía una prodigiosa memoria –recitaba, en noches de insomnio, páginas que había leído hacía años– que, de algún modo lo compensó. La fama y la ceguera le llegaron lentamente; asumió ambas con pudor, valentía y resignación; nunca se quejó, tampoco se vanaglorió de sus éxitos. Sin embargo, como a Tiresias, la ceguera enriqueció su sabiduría.
Esta jugada del destino tuvo un efecto inesperado. Con el distanciamiento del mundo visible, su lenguaje adquirió matices que señalan un cambio en su concepción de la escritura. En el inicio, su lengua de poeta joven juega con palabras vivaces y luminosas para describir el mundo inmediato: la realidad es entonces “íntima y fácil”. En aquellos tiempos juveniles “no engañan los sentidos, engaña el entendimiento”, asegura, y lo confirma con vocablos –puro color, sabor y textura–, imágenes de la realidad. Se escuchan frases llenas de luz y gestos sencillos: “en los huecos hondos se aquerenciaba el cielo”; “la acrimonia gustosa del tabaco enardeciendo la garganta”;“el viento largo flagelando nuestro camino”; “zaguanes entorpecidos de sombra”; “calles desganadas del barrio”; “la amistad oscura de un zaguán, de una parra, de un aljibe”, y tantas otras. Son textos esencialmente descriptivos, tejidos con madrugadas pampeanas, tapias rosadas, callecitas de barro elemental, madreselvas, suburbios y atardeceres y que transmiten, vívidamente, la inmediatez del mundo que penetra por los sentidos.
A medida que anochecían sus ojos se transformó su escritura. Se hizo abstracta, profunda y se pobló de metáforas “mal desasidas de la corporeidad”. Es entonces cuando aparece con nitidez la rigurosa urdimbre que sostiene su obra, compuesta de laberintos, perplejidades, enigmas, nombres secretos de la divinidad e infinitos tigres azules. Ninguno de estos elementos son azarosos en ella; por el contrario, son parte de un universo complejo, lúcido, erudito, que hacen al corazón de su obra. El desasimiento de lo sensible lo invitó al recogimiento y al ejercicio del puro pensar. Algunas palabras se van apagando en su escritura –que es su vida misma– al tiempo que se llena de misterio. Su estilo se hace más elegante y depurado, pero también más especulativo y aparecen, con inusitada frecuencia, aquellas ambiciosas palabras: infinito, tiempo, eternidad, que, una vez pronunciadas, estallan. Esta lengua de las puras ideas juega con los argumentos ontológicos, las paradojas de Aquiles y la tortuga, las bibliotecas infinitas; teoriza sobre universos paralelos, el inconcebible Aleph, la ignota divinidad o la “otra” muerte.
Quizás el lento crepúsculo legado por los Hados le abriera insospechados senderos de sabiduría; con seguridad le inspiró uno de sus mejores poemas: “Nadie rebaje a lágrima o reproche /esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche”.
(Publicado en La Gaceta Literaria de La Gaceta de Tucumán 23/08/09)

Breves reflexiones sobre la libertad y la muerte

No se trata de preguntarnos qué es la libertad. No se trata tampoco de traer a colación teorías, de las que hay cientos, sobre la libertad. Por el contrario, pienso la libertad como un ámbito en el cual nuestro espíritu puede respirar. Cuando ese lugar simbólico se clausura, nos asfixiamos. A menudo, no tenemos conciencia de ello hasta que alguna experiencia nos hace saber que la hemos perdido o que acabamos de recuperarla.

La muerte de un gran demócrata, Raúl Alfonsín, lo ha hecho patente. También ha mostrado una inmensa paradoja. Junto a la muerte, en medio de lágrimas y tristeza, aflora en gran parte de los argentinos un sentimiento de libertad. Más allá de partidismos y filiaciones políticas, a casi 30 años de su gobierno y ya alejado de escenarios políticos de primera plana, la muerte de Alfonsín alzó una sola bandera: el ejercicio de la libertad ciudadana es posible. Y junto a ella es posible también una verdadera democracia, aún cuando sea todavía desordenada y frágil. Su gobierno ha sido fuertemente criticado, sus fracasos fueron reconocidos por él mismo. Sin embargo, su figura genera, al morir, una adhesión multitudinaria y reaviva una fuerte convicción: sólo se puede vivir con dignidad en democracia, ejerciendo el diálogo, respetando los derechos humanos.

No se trata, entonces, de libertad o muerte, legítimo grito revolucionario de muchos pueblos. Es algo mucho más sencillo, más auténtico, tal vez más secreto: se trata de que la muerte de un hombre digno ha despertado entre nosotros una profunda nostalgia por nuestro rol republicano de ciudadanos dignos, quizás como contraste con los autoritarismos que nos rodean. Vale la pena reflexionar sobre ello, una muerte también puede iluminar sobre la libertad y dignidad del ciudadano de la polis.

Cristina Bulacio